Mari Carmen Ramírez

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MICHAEL STRAVATO

Cinco minutos de conversación con Mari Carmen Ramírez y te das cuenta de que es una evangelista. No del tipo que predica sobre Dios. A quien quiere que conozcas es a Gego, el escultor venezolano nacido en Alemania “que solo ahora empezamos a redescubrir”, o a Joaquín Torres García, el artista uruguayo que usa toques precolombinos en su estilo moderno. Como te dirá Ramírez felizmente, su misión es “presentarle al mundo la riqueza y el significado del arte latino y latinoamericano del siglo 20”.

En el 2001, Ramírez, que nació hace 50 años en Puerto Rico, fue nombrada la primera directora del Centro Internacional del Arte de las Américas, ubicado en el Museo de Bellas Artes, Houston, TX. El centro se dedica no sólo ha coleccionar y exhibir las obras de la vanguardia latinoamericana sino también a apoyar la investigación y enseñanza para aclarar que tal arte va más allá del surrealismo folklórico de Frida Kahlo o los campesinos de Diego Rivera.

Si la historia del arte moderno es como una gira empaquetada de las obvias ciudades —París, Nueva York, Moscú, Berlín— la versión de Ramírez también pasa por Buenos Aires, São Paulo, y Caracas, entre otros lugares. En su opinión, el arte moderno en Latinoamérica suele tener una dimensión política, algo que las usuales definiciones académicas del modernismo, con su énfasis en las cuestiones de forma, han tenido dificultad en admitir. Aunque Ramírez tiene un Ph.D. de la Universidad de Chicago en historia del arte, dice que “mis modelos de conducta nunca fueron los académicos. Vengo de una tradición donde los intelectuales y los artistas son parte de la esfera pública, donde participan en la formación de la vida pública a diario”. Ella no sólo viene de esa tradición. Ahora también la está extendiendo.