Anthony Romero

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MICHAEL EDWARDS / REDUX

Cuando Anthony Romero tomó el mando de la ACLU, se le dio la meta de dirigir a la respetada organización de derechos civiles hacia el siglo 21. Su primer día fue el 4 de septiembre del 2001. Una semana más tarde su objetivo se cumplía. “Pensé que tendría que explorar nacientes temas y nuevas fronteras”, dice Romero. “Pero después del 11 de septiembre, las libertades civiles salieron al frente de nuevo."

Romero, de 40 años, el primer director ejecutivo hispano –y abiertamente gay– de la ACLU, se crió en proyectos de vivienda pública en El Bronx, NY. A pesar de ser ciudadanos de EE.UU., sus padres puertorriqueños laboraban bajo el estigma que los inmigrantes ilegales a menudo encuentran. En una era donde muchos inmigrantes se sienten agobiados por las leyes del Patriot Act, Romero dice que su trasfondo le permite una empatía particular. “Llevamos nuestra personalidad al trabajo”, dice. “Cuando vez prejuicio, entiendes que no hemos terminado, que todavía estamos perfeccionando el experimento americano”.

Hoy en día Romero es el que experimenta. Su intención es cultivar alianzas poco convencionales con la esperanza de ampliar el debate sobre los derechos civiles. Ha contratado como asesor al ex congresista de Georgia, Bob Barr –el mismo Bob Barr que coauspició la Ley de Defensa del Matrimonio. En marzo la ACLU se unió a la conservadora Americans for Tax Reform, entre otros, para apoyar el lanzamiento de un esfuerzo bipartido que busca hacer reformas al Patriot Act. “Los derechos civiles no son la propiedad de la facción izquierdista del partido demócrata”, dice Romero. “Ni de la facción derechista del partido republicano”.